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Archive for the ‘Ficción’ Category

Un tigre

Hubo una vez un tigre al que le gustaba mucho la pintura, inclinación que le llevó a inscribirse en la Academia Para Tigres Amantes de la Pintura.

Después de numerosos y duros años de estudio y trabajo, llegó a dominar perfectamente todas las técnicas y estilos artísticos hasta entonces conocidos. Era un maestro. Pero comprendió que todavía no lograba aportar algo verdaderamente importante al arte, y la frustración constante iba cultivando gran desesperación en su espíritu. La ansiedad de innovar se tornó así en avidez incontenible.

Un día, mientras trabajaba, cayó sobre una de las patas traseras el pincel entintado de negro. Observó la mancha y supo en el acto que era una revelación: no se trataba de cualquier mancha, sino de una raya, para un ojo adiestrado, claramente diferenciable del resto de las que por naturaleza venían impresas en su pelaje.  “¡He aquí mi gran hallazgo!  Me pintaré rayas distintas a las que tengo y las haré únicas e irrepetibles”. Con rigor enfermizo detalló cada línea de su superficie hasta fijar en la mente tanto las formas existentes como todas las posibles. Y una vez concluido el laborioso estudio, comenzó a crear sobre el lienzo de su cuerpo.

Pasado algún tiempo, salió a la calle para lucir con orgullo frente a sus congéneres su obra maestra. Una dulce soberbia emanaba de su semblante al sentirse el centro de tanta curiosidad y desconcierto. Pronto, pensó, su nombre figuraría en las antologías de los grandes creadores. Los demás tigres lo notaban cada vez más cambiado, pero no lograban apreciar en qué radicaba esa diferencia. Hasta que un día lo confundieron con una pantera y fue obligado a apartarse de la manada.

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La venganza

Cuchillo en mano, Mariví coge hacia el patio. Camina descalza sobre el cemento buscando que el ardor en los pies distraiga su ira. Su mirada exhala azufre. Sus labios apretados callan una historia de rencores secretos. Dos cristofués se pasean entre las tres ramas firmes de un árbol abatido por la sequía. Un perro persigue a colmillazos las pulgas de su cola. Dos moscas se aparean en el aire. Es un bonito día para matar. Mariví repasa mentalmente el plan: llegará por detrás, lo agarrará por el cuello y lo degollará rápidamente para que no grite; luego lo desmembrará y regresará a preparar la escena para la noche. Y así lo hace: entra, agarra, degolla, descuartiza, guarda y sale. Esa noche, después de bendecir la cena, Mariví se levanta de la mesa y silenciosamente escarba en los ojos de los comensales, quienes intercambian miradas de desconcierto hasta que la anfitriona levanta la cubierta de plata y exhibe –hay que ver cómo sonríe– los restos de la víctima: Pato al horno, dice. Vicente, el hermano menor de Mariví, siente náuseas al ver con qué placer degustan a su mascota. Vicente grita y su mamá lo abofetea. “Por loco”, le dice, y le pide que termine de comer. Vicente se levanta y se va. Patea cuanto se le atraviesa y su papá le grita alguna obscenidad. Tanto cuidar su pato para que acabara entre papas y legumbres. Se sienta en la mecedora a pensar. Y piensa. La sombra parda de un gato atraviesa el umbral y se desliza hacia el cuarto de Mariví. Bello gato. Vicente lo observa, y allí, junto a dos lunas que tiemblan en el fondo de sus densos ojos, una luz de venganza empieza a brillar.

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Había una vez un sapo pintor. Todos lo consideraban el artista más importante del pantano y por eso un día el Rey Sapo lo mandó llamar para encomendarle una misión. Cuando lo tuvo enfrente le dijo:

–    Maestro, sé que usted puede pintar el agua misma con tal perfección que a cualquiera le provocaría beber del propio lienzo; no obstante, me es necesario saber si así como pinta, es capaz de guardar un secreto.
–    Para el arte no hay secretos… mas para el Rey, todos los que su Majestad disponga.

El Rey ordenó a sus escoltas que lo dejaran a solas con el invitado. Lo que llevaba en el pecho le pesaba tanto, que la lengua se le hacía un nudo y le impedía expresarse. Tomó aire y dijo:

–    ¿Tiene usted hijos, maestro?
–    No, Su Majestad.
–    Ah, entonces no puede entender la desgracia que significa ser Rey de un pantano tan poderoso y tener por única heredera a una hija tan… tan… tan…
–    Tan cómo, Su Majestad…
–    ¡Fea! Que me perdone el dios Tutanranón, pero es que mi hija es tan fea, que me da vergüenza mostrarla en público. Imagínese que en diecisiete años jamás le he permitido salir de su torre.
–    Con el debido respeto, Su Majestad, los pintores no hacemos milagros…
–    ¡Silencio! En tres meses se cumplirá la fecha para anunciar su boda y el reino entero está a la expectativa. ¿Con qué cara cree que veré a mi pueblo cuando sepan que tengo por hija a semejante engendro? Necesito una víctima y usted me la va a traer.
–    Pero Su Majestad, yo manejo pinceles, no espadas…
–    Si vuelve a interrumpirme, lo cuelgo con su propia lengua.

El Rey caminó hacia un espejo y se detuvo frente a él para apreciar su grueso cuerpo, que al moverse temblaba como flan de acelgas; se regaló media sonrisa y prosiguió.

–    Como le iba diciendo. Usted me va a traer un buen pretendiente para mi hija –el pintor quiso decir algo, pero ante la mirada del Rey se apresuró a enrollar nuevamente su lengua–. Lo que vamos a hacer es muy fácil: yo le traigo a mi hija y usted se esfuerza en hacerle un hermoso retrato, con la pequeña variante de que no la va a pintar tal como ella es, sino como debería ser, ¿me explico? Ese cuadro recorrerá el reino entero y funcionará como carnada para conseguir a un incauto que se aventure a solicitar las ancas de mi hija en santo matrimonio, pero el pretendiente sólo podrá verla personalmente cuando ya sea demasiado tarde para arrepentirse. Así me desharé de esa enorme carga y, de paso, obtendré algún provecho con el acuerdo nupcial. En otras palabras, mataré dos moscas de un sólo lengüetazo. ¿Entendido?
–    Entendido, Su Majestad. No obstante, si me permite, es importante destacar que un artista sigue siempre sus ideales de belleza, de libertad, de verdad, y no sé si yo… –el Rey se acercó y susurró al oído del pintor una jugosa cantidad–. Bueno, Majestad, yo…
–    ¡Está bien! –exclamó el Rey–: le daré el doble, pero ni un centavo más.
–    Hágase la voluntad de su Excelencia.

El Rey y el pintor se dirigieron hasta la alcoba de la princesa, y fue tal la impresión del artista al verla que casi se desploma del susto, pero la amenazante mirada del Rey lo pinchó como un aguijón de sobriedad y lo obligó a reestablecerse. Seguidamente, una caravana de sirvientes se presentó con lienzos, óleos y pinceles, y el artista aprovechó la ocasión para plantear su única exigencia: “Nadie verá el retrato hasta que esté concluido”. Frente al desconcierto general, el pintor pronunció una arenga sobre las musas y los métodos para alcanzar la inspiración, y el Rey se retiró gratamente impresionado.

El trabajo comenzaba todos los días al despuntar el alba y se extendía hasta la puesta de sol, aunque con frecuencia el artista alargaba la faena para perfeccionar detalles y evaluar adelantos técnicos. Así transcurrió un día tras otro. Muy pronto, la cercanía, el trato cotidiano con aquella rana que inicialmente consideró un engendro anfibio con matices femeninos, terminó por alterar profundamente su noción de la belleza. Sin proponérselo, empezó a retratar a la princesa tal como era y no como el Rey le había pedido que hiciera, e incluso llegó a pensar que no existía en el mundo imaginación capaz de superar semejante beldad. Primero delineó la larga cabellera negra, luego la nariz roma, los ojos cafés, las gráciles orejas y un rostro dulce como el corazón de mil nísperos.

Se cumplió el tiempo establecido para presentar el retrato y el Rey decidió premiar al pintor con una gran fiesta, que a la vez le serviría como plataforma para convocar a los interesados en desposar a su hija. Ese día se cubrió el cuadro con un lujoso manto púrpura y se lo ubicó sobre un pedestal en el centro del salón. Los invitados bailaron, comieron y bebieron, hasta que el Rey detuvo la música para descorrer la tela y revelar públicamente el secreto. Los vítores que habían colmado el recinto se transformaron en un abrupto silencio. Sólo el pintor continuaba aplaudiendo y llorando de emoción ante la contemplación de la que consideraba su obra maestra…

Durante días no se supo más de aquel pintor, hasta que alguien finalmente lo vio colgado de su propia lengua junto a otros criminales.

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Tres daiquirís

Anoche soñé con Tania.

Una limusina se detenía frente al garaje de mi casa. Una mujer de baja estatura, vestida con blue jeans, tacones y escote rojo, salía del vehículo con actitud altiva. Un inmenso casco de motociclista de carreras le cubría la cabeza; el rostro preservaba su anonimato tras un cristal metalizado que reflejaba el sol poniente. Pensé en un champiñón con patas y me reí. Se acercó. Echó a mis pies un pollo muerto. Los ojos fuera de órbita y la mirada hueca de animal estrangulado me produjeron un desagradable cosquilleo en el espinazo. Fue todo. Ella regresó a la limusina y yo me quedé allí, contemplando el pollo y su estúpida muerte.

Es Tania, sin duda. Nunca pienso en ella. O casi nunca. Me habré vuelto supersticioso con eso de los sueños o qué sé yo. Pero es Tania, es Tania…

A Claudia se le metió entre ceja y ceja que tengo que llevarla a un cine de lujo que inauguraron esta semana en el este de la ciudad. Asientos reclinables, atención personalizada y hasta sushi bar. Por el mismo precio podríamos revolcarnos toda la noche en un motel de la Panamericana y hasta mandarnos un desayuno opíparo; pero ella prefiere el cine, a pesar de que siempre se acurruca en mi brazo y duerme la mitad de la película (en una oportunidad hasta roncó). La llamo a su trabajo y le hago la invitación. Estalla de alegría y acordamos vernos media hora antes de la función.

Te amo, bebi, ¿lo sabes?

Sí, sí, lo sé.

Dado que es viernes, y aprovechando mi día libre (trabajé los últimos dos fines de semana), decido llegar temprano para comprar con tiempo las entradas y perderme un rato en la tienda de discos. Detesto los espacios demasiado concurridos, pero esta ciudad no deja opciones. Y sin embargo, es un lugar simpático el mall éste, o quizá no lo sea, pero se me ocurre que podría serlo. Hay mujeres bellas y una tienda de discos.

Al salir de la tienda un par de horas después, me dirijo a las escaleras mecánicas. Al fondo, la montaña envuelta en hilachas de nubes. Un remolino de aire frío aligera los ánimos de los transeúntes. La brisa juguetea con alguna falda desprevenida que descubre unas nalgas fláccidas, mientras el rugido de un saxofón emerge de las entrañas del edificio. Me detengo en un kiosco por cigarrillos y aprovecho para hojear el último número de la revista Gatopardo. No sé, de pronto me siento extraño, como si anduviera desnudo. Me examino: todo en su sitio. Mido el perímetro y veo a una pareja comiendo helados, a una madre intentando controlar a tres pequeños demonios, a gente y más gente yendo y viniendo… Nada, en fin. Regreso la revista y continúo hacia las escaleras.

Hola, me saludan.

Es ella. No alcanzo a contestar. Simplemente arrimo una silla y me siento. Le ofrezco un cigarrillo. Mis manos tiemblan. (Las suyas más que la mías, observo enseguida.) Ella ordena un daiquirí de melocotón (aún no se termina el que tiene en la mano) y un vodka con naranja y granadina. Qué curioso. Lleva puesto el anillo de oro blanco que le regalé en su cumpleaños, la vez que cenamos en aquel restorán de La Guaira con una espléndida vista al mar… Mejor no remover escombros. Desde lejos llegan retazos de una melodía conocida. Hace frío. Le ofrezco mi chaqueta, pero la rechaza. Vuelvo a insistir y acepta.

Estás más gordo, dice. Parece que te tratan bien.

Fuerzo una sonrisa. Aspiro el cigarrillo y exhalo una espesa bocanada.

¿Te sientes incómodo?, pregunta.

Niego con la cabeza y le pido que me cuente de su vida.

Este café es caro, pero muy agradable, dice. Christian y yo venimos con bastante frecuencia… Qué maleducada soy, ni siquiera te pregunté si todavía te gustaba el vodka. Antes te gustaba mucho. ¿Recuerdas que le ponía dos cerecitas importadas…?

Me gusta. No como antes, pero me gusta, digo.

Suena un teléfono celular. Ella saca una micropartícula electrónica de su cartera y se la lleva al oído.

Hola. Sí, llegué hace rato. Ya compré las entradas… No, estoy con Abel. Me lo encontré… Aló… Parece que no le hizo gracia. Peor para él… No le caes, es todo… Hay una tranca en la autopista, según le entendí. Pero ya verás: va a matarse por llegar rápido.

A mí me cae simpático, digo. Es un poco idiota, pero me cae simpático.

Él, en cambio, te detesta. Toda mi familia te detesta.

¿Y tú?, pregunto.

Ella sorbe un poco de su daiquirí sin quitarme la vista de encima.

No se te puede nombrar frente a Christian, dice, se vuelve un energúmeno. Ya perdí la cuenta de las veces que hemos peleado sólo porque me ve puesta alguna de las prendas que me regalaste. Simplemente lo olvido y me las pongo… Así que he tenido que esconderlas. (Sonrío y señalo el anillo de oro blanco en su anular izquierdo.) Ah, sí, éste… Le dije que era un regalo de mi padrino. Me gusta el oro blanco.

No sé de qué hablar, ni cómo mirarla. No encuentro una posición definitiva para sentarme. Corre una brisa fría.

Siempre te ha gustado el oro, comento.

Ella juega con el pitillo mientras se sumerge en una breve contemplación de su anillo.

No has cambiado nada, dice.

Amago una excusa, pero una rubia de deliciosos pechos aparece con nuestras bebidas. Tania le pide que retire su primer daiquirí, y cuando la mesonera se va me comenta con malicia: “Lindas tetas”. No ha olvidado mis gustos, eso es seguro. No me queda sino asentir y encogerme de hombros. Ella acerca la copa y comienza a mordisquear el pitillo. Mi vodka sabe a agua.

¿Tanto te alegra que Christian sepa que estoy contigo?, dice Tania tratando de interpretar mi sonrisa. Se lo comuniqué sólo porque esta mañana discutimos y quería castigarlo. No pienses que… Olvídalo.

Dilo. De todas formas quién sabe cuándo volvamos a vernos, la animo.

El daiquirí sube y baja por el pitillo sin que ella acabe de tragarlo. A veces sopla y se forma dentro de la copa una espesa burbuja amarilla que al romperse salpica su mano, y cuando eso sucede ella se limpia con la lengua, como una gatita. Me agrada. También su nuevo corte, le sienta bien. Siempre me gustó el contraste de su tez algo pálida con el negro brillante de su cabello. Sí, ese corte le sienta bien… ¿Pero por qué la noto tan avejentada?

Cierto, dice. Quién sabe cuándo volvamos a vernos… (Silencio.) Confieso que en circunstancias como éstas nunca sé de qué hablar, sobre todo porque nunca se me presentan circunstancias como ésta. A decir verdad, nuestro único tema en común es… No pongas esa cara, no voy a montar un melodrama. Si lo que quieres oír es que me hiciste daño, pues sí lo hiciste y mucho: me mataste de humillación, pero renací, renací, y ahora soy feliz. Es todo lo que diré.

Una chispa de dolor enciende sus ojos. Le ofrezco un cigarrillo, pero lo rechaza. Tomo uno para mí. Ajusto mi cuerpo en una esquina del espaldar. Creo que ahora sí estoy cómodo.

Algo bueno ha de haber quedado, digo.

Polvo, contesta. La memoria es sólo polvo.

A mí me gustan los polvos, digo.

Escucho una melodía conocida. Aparece por fragmentos, como una ola que el viento aleja o acerca a capricho; y sin darme cuenta me entretengo tratando de armar el rompecabezas de aquella pieza. De ponto he olvidado adónde me encuentro, pero al rato vuelvo en mí y descubro a Tania gesticulando teatralmente al otro lado de la mesa. Según parece, me he perdido buena parte de un monólogo.

… incluso pensé en matarme. ¡Por ti! ¿Puedes creerlo? Qué estúpida. Entonces me dije: Tienes que quererte a ti misma, Tania, tienes que darte otra oportunidad, él no vale una lágrima más, ni una sola, eres mucha mujer para él…

¡Pequeña flor!, exclamo de pronto. La canción que suena se llama Pequeña flor. Fue la única canción que mi papá aprendió a tocar en el clarinete. (Tarareo la canción sobre la pista del saxo.) En realidad él sólo se aprendió el comienzo, la segunda mitad nunca llegó a tocarla porque se le hacía muy cuesta arriba sacarla de oído… Es que mi papá no lee música… Lamento la digresión. ¿Me hablabas sobre matarte o algo?

La rubia regresa para llevarse los vasos. Pregunta si deseamos ordenar otra cosa. Tania casi no ha tocado su bebida, pero pide un tercer daiquirí de melocotón (Más espesito, por favor) y otro vodka para mí (Como para hombres, insisto). La mesera limpia rápidamente y se retira. Repica de nuevo el celular.

Sí, sigue aquí. Sólo hablando… No, a mí no me… No, te equivocas, las cosas no son así: si te da la gana de venir te vienes, y si no, puedes irte… ¿Aló…? ¡Uh! Le encanta hacer eso. (Me mira y sonríe con malicia.) Me los busco igualitos.

Te amo, digo.

La frase me toma por sorpresa, pero es tarde para retractarme. Aún no he comprado las entradas, recuerdo. La cara de Tania se deforma en una mueca indescifrable. Su silencio exige explicaciones, pero no las hay. A lo más, un cigarrillo. Lo empujo suavemente entre sus labios carnosos y húmedos, y luego acerco el yesquero. Pero sólo advierto el temblor de sus manos cuando ella retira el cigarrillo de su boca y lo abandona en el borde del cenicero.

Llegan las bebidas (esta rubia en verdad me eriza). Remuevo el contenido del vaso con el dedo meñique y luego me lo chupo. ¿Mejor?, pregunta la mesera. Le digo que sí, aunque parece refresco de piñata. La tetona se retira. Desde el otro lado de la mesa, dos cristales negros me degüellan en silencio.

Tú quieres volverme loca, dice, quieres volverme completamente loca. (Aspira el cigarrillo.) Nunca tienes suficiente. ¿Pero sabes lo peor? ¿Sabes qué es realmente lo peor? ¡Que todavía quiero creerte! ¡No sé cómo se puede ser tan estúpida en una sola vida! “Amor”. ¡Ja! ¿Quién te crees, Abel Moreno, para salir de la nada después de dos años y…? ¡Mira bien esto, míralo! (Tania levanta el dedo medio de la mano izquierda y me muestra un bonito anillo de diamantes.) Voy a casarme con Christian. Y que te quede clarito: será un matrimonio feliz, con una casa y tres hijos felices, y hasta un perro y un gato felices, te guste o no. Así que vuelve siquiera a insinuar que me… eso que acabas de insinuar, y te juro por Dios que te parto la cara en dos. ¡Lo juro!

Bonito anillo, digo por decir.

Tania aprieta los labios y se levanta enérgica. Se quita la chaqueta y me la arroja. Permanece un momento inmóvil. No logro descifrar su mirada. Comienza a desabotonarse la camisa, y en un arrebato deja al descubierto un busto respetable que me resulta del todo ajeno.

¡Míralas bien, míralas! ¡No las olvides!

Vuelve a abotonar su camisa. Se sienta, y con forzada calma comienza a soplar su daiquiri, salpicando un poco más de lo habitual. De las mesas vecinas llegan murmuraciones y miradas, lo cual me tiene sin cuidado: este es un país libre y yo apoyo la liberación femenina.

¿Qué hora es?, pregunto.

Tania consulta su lujoso reloj (al menos parece lujoso) y luego dice: Las siete.

Aún no he comprado las entradas para el cine, me excuso.

Ella saca dos boletos de su cartera Luis Vuitton y los mete en el bolsillo de mi chaqueta.

Disfrútalas con la de turno, dice. Voltea hacia El Ávila y enjuga una lágrima. De nuevo suena el celular. Tomo la chaqueta y camino hacia las escaleras mecánicas. Al subir, diviso la gruesa figura de Christian avanzando a trompicones por las escaleras del nivel inferior. Vocifera algo por teléfono. Otro día le daré las gracias por los boletos.

Frente a la taquilla del cine encuentro a Claudia. Su cara de arrechera es todo un poema. Le muestro de inmediato las entradas y la calmo abrazándola y besándola tierna y largamente. Pero comienza a olfatear mi boca y pregunta: ¿Estabas bebiendo? ¡Y yo que creía al vodka, después del perro, el mejor amigo del hombre!

Dentro del cine, compramos té caliente y un poco de sushi. (Ella invita el sushi.) Hace mucho frío. El ritual dicta que antes de sentarnos debo cederle mi chaqueta y así lo hago. Comienza la película. En algún momento descubro a Claudia enroscada en mi brazo, dormida, con la boca abierta. Un hilo de baba brilla sobre mi piel. Su cara refleja un sueño plácido. Me lo figuro lleno de colores, arrullado por el canto de las olas, con hadas ociosas que complacen absurdos caprichos. Regreso la vista a la pantalla y todo comienza a desvanecerse…

Alguien sacude mis hombros. Es Claudia. El público abandona la sala. Me levanto y ella se engancha a mi cintura, apretando sus senos firmes y generosos contra mis costillas. Me abraza con fuerza y sonríe.

Te amo, dice. Te amo demasiado, insiste.

Hace frío. Tengo la nariz entumecida y me duele la cabeza. Respondo: Yo también te amo, Tania…

Claudia se separa violentamente y me lanza una mirada de furiosa indignación.

Caracas, 2004

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