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Archive for the ‘Imagen escrita’ Category

París a contraluz

Lo que queda del día es una calle vacía, una luz mortecina y un aire tibio. París es la cadencia de su acento, la sangre todavía caliente de sus estatuas, el vértigo de su modernidad, su aroma a Channel y mierda de perro, su efervescencia pueril. El romance entra apretado en la foto; todos empujan y empujan. En el café de la esquina, Madame Bovary se gana la vida sirviendo mesas; sus ojos grises y su andar altivo envenenan los corazones de quienes alguna vez la hemos llorado. Tampoco para ella París es una fiesta; apenas resignación y costumbre. Las escaleras de Monmartre conducen a un cementerio de turistas que se multiplican simétricamente frente a cámaras hambrientas de sonrisas. Yo les regalo la mía y me sumo a la caza del lugar común. Agotado, me detengo a ver el sol mecerse sobre el Sena, inmenso, indiferente al lujurioso placer con que descubro el mejor helado de naranja sanguina del mundo. Mi lente cede así a la inercia del paisaje necesario y el ornamento de la masa: la torre. Al caer la noche, la ciudad exhibe las cicatrices de su vientre feroz. La posmodernidad viaja en metro: sus protagonistas escrutan el fondo del vagón con la mirada inconfundible del hastío o se desdibujan en la pantalla de sus teléfonos móviles. Al otro lado del andén, una mujer grita que la han robado. Rastignac baila break dance en un pasillo forrado de carteles publicitarios; alguien desliza una moneda en su gorra de los Lakers de Los Ángeles. Al final del día quedan la nostalgia por la ficción que acaba y una copa de Bordeaux barato. Entonces abro los ojos y sueño París, la mía.

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Abro los ojos y advierto

oh Dios

los platos sucios son

el futuro prometido

 

Desde el infierno llegaban los gritos histéricos de la fanaticada que sin cesar aplaudía a Sísifo, héroe de multitudes, mientras este, con feliz resignación e incluso cierta pretensión, se pasaba la eternidad empujando una inmensa roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Los aplausos no eran para ti, que pudiendo escoger la libertad escogiste casarte con el héroe y su condena, y que invisible pero decidida asumiste que tu lugar en el mundo era no a su lado sino detrás de él: insuflándole ánimo, asegurándote de que no se perdiera en meandros, haciéndole más llevadera la ardua faena y evitando que la consciencia del absurdo acabara arrastrándolos cuesta abajo y sin remedio a los dos. Si hubieras leído a Camus, le habrías replicado que el único y verdadero problema filosófico no es el suicidio, sino por qué aun sumergidos en la peor de las adversidades el deseo de vivir se impone con fuerza tan arrolladora como mecánica. Cuesta no pensar en el optimismo como una enfermedad crónica que se incuba en el alma para llenar el agujero insaciable de la soledad. El problema, como decía Hemingway, es que si bien es cierto que todo, lo malo y lo bueno, deja un vacío cuando se interrumpe, el vacío de algo bueno solo puede llenarse descubriendo algo mejor. Y tú solo has conocido a Sísifo, cuyo agradecimiento te empeñas en confundir con amor. Por eso a veces, como atravesada por una lanza, te detienes a soñar, a tratar de entender cómo y en qué momento ese heroísmo inútil al que desde niña ataste tu felicidad acabó demarcando tu futuro. Entonces dices que basta, que es hora de hacerte a un lado, de no seguir cargando las rocas de otros y de brillar con luz propia en el anónimo firmamento de tu vida: es hora, en suma, de existir… Ah, pero qué será de Sísifo sin mí, suspiras. Y sigues empujando, por lástima.

 

Foto: Eduardo Fuenmayor

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A Rada

 

Mi único imperio es el aire, que más que para vivir me hace falta para inspirar. Porque entre orilla y orilla el mar es solo uno, cierto que infestado de corrientes libertarias y tormentas colonizadoras, pero uno al fin. En el medio, frágil pero decidido, flota este volantín insular que los vientos del norte arrastran con fuerza y contra la voluntad de los pies mulatos que desde joven he anclado, con más entusiasmo que éxito, a este jardín de cuatro pisos. Primero fue la diáspora de colores, que al emigrar dejaron sobre Puerto Rico su mala sombra de exilio y transtierro; luego, la trasmutación del lamento borincano en nostalgia neoyorquina, en la que recuerdos del viejo San Juan y las fiestas en Santurce se confunden entre rascacielos de grises promesas al ritmo de hip hop. Me quedan, nos quedan, el cordón terco del vientre y la historia, el ardor en el pecho, el resquicio de una posibilidad minúscula; pero también, las heridas abiertas y las voces inflamadas. Por eso, al caer la tarde, cierro los ojos y viajo hasta el quinto piso, un país donde las almas se reúnen para olvidar y empezar de nuevo, un país donde los días palpitan libremente y para todos y cuya única bandera es un corazón generoso.

 

Texto inspirado en la lectura de El país de los cuatro pisos y otros ensayos, de José Luis González.

Foto: Eduardo Fuenmayor

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El faro


Jamás pensé que del fondo del río se alzaría una torre de luz. Quizá nunca lo quise. Con la brisa de la tarde se fueron los días de feliz aburrimiento, los domingos en familia, la ilusión de armonía, el futuro, la primera erección y aquellos labios jóvenes, venenosamente femeninos, que a hurtadillas se divertían con mi dolor, ese inseparable compañero de las almas crédulas. Todos esperaban de mí una estatua, el bronce prometedor del primogénito, un ingeniero de ilusiones que edificara con su sangre una ciudad a la altura de los demás. Yo, en cambio, les di un hombre y un desierto. Lo importante siempre fue la torre, no la luz. Entonces escapé. Naufragué en los mares de Guttemberg, embriagándome del aire de los tiempos, remando siempre ideas que engendraron remolinos. Como un avestruz, enterré mis penas en vaginas milagrosas, castillos amurallados que un día se desmoronarían sobre el diván. Allí profané mi pasado, lamí mis llagas, desterré la rebeldía estéril y  renació el espejismo de la felicidad. Pero poco queda de aquel corazón, ahora errante en el túnel de la mitad de la vida. No quiero paz si el precio es rendirme antes de la batalla. Preferiría la hoguera. La muerte del hereje.

 

Foto: Eduardo Fuenmayor

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El tiempo, esa gran mentira… Lo llevas repetido para no perder de vista que entre un segundo y otro está la eternidad. Muy probablemente tu nombre se esconda en algún resquicio de mi obturador, donde el recuerdo no es sino un espectro desdibujado por la tiranía de la luz; pero lo que queda de ti ya es suficiente para incendiar el olvido. Hubo un mundo en el que existir era tiempo y espacio, y no este agobio inútil por llegar más rápido a ningún lugar. Me pregunto si en las noches vivirás las vidas que te quedan por soñar, y si alguna vez vengarás tu anonimato para hacer justicia a esta historia. Nos preocupamos tanto, nos ocupamos tan poco de habitar la irrealidad, que desfallecemos luchando contra la gravedad del mañana. Y cuán perfecto es lo invisible. Descuida. Me he tomado la tarea de hacerte perdurar, de estamparte en el futuro con un sello indeleble. Sonríe: estás en Internet.

Foto: Eduardo Fuenmayor

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Y así será. Pues sólo flores del mal germinaron para ti. Si somos justos, algunas piedras lanzaste también al sagrado vitral del destino. No fuiste el único, pero la sentencia, inapelable, te condenó a deambular por aquel jardín de promesas que no eran sino fuegos de artificio. Se te abrió una puerta, la puerta, y no supiste, tal vez no quisiste entrar. Ah, Shakespeare… Brutus decía a Julio César que existe una marea en los asuntos humanos que, tomada en pleamar, conduce a la fortuna; pero omitida, todo el viaje de la vida va circuido de escollos y desgracias. Por eso, sin pedirlo pero sin rechazarlo, heredaste ese huerto de ruinas donde buitres y chacales se pelean por sacarte los dientes para luego exigirte gratitud. Tarde o temprano escampará la lluvia de puñales que dejó a Orfeo desangrándose en alguna solitaria escalera de Petare. Qué sería de ti sin Imán Emmanuel, ángel y manager, príncipe renacentista reencarnado en can. Por eso agradeces los días que vendrán. Escucha al viejo zorro de Cicerón cuando adiverte que en vano sabe el sabio que no sabe ser útil a sí mismo. Levántate, Lázaro. Has cumplido.

Foto: Eduardo Fuenmayor

Joel Chirinos, artista conceptual y jardinero. Nos conocimos en Caracas a través de nuestros respectivos perros (Porthos, el mío; Imán Emmanuel, el de él). Escribí un artículo sobre él en enero de 2011 titulado Joel Chirinos: “La gente no entiende como un hombre con una pinta tan miserable pude ser culto“.

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colores-fieros

 

Ojos del fondo del lago, densos como el bitumen que te alimentó por años. Un aire a sal y a inocencia escarchan tus labios tímidos. Prisma generoso, vas desgranando la luz en colores, el presente en futuro, el amor en presagio, porque en la caja fuerte de tu soledad hay espacio para todos. En tu memoria, junto a las horas sin fin del internado para señoritas, sobreviven los recuerdos de los días en casa de tu madrina, con su mascota Lionel, un auténtico león al que el intenso calor de Maracaibo mantenía en perenne somnolencia. Amansado y devaluado a gato gigante, Lionel pasaba los días jugando con el San Bernardo y con la casi decena de perros y gatos que poblaban aquel pequeño Macondo de tu infancia. Sólo una cosa lo molestaba: los tomacorrientes, aquellos rectángulos inanimados a los que rugía y que arrancaba de tajo para diversión de las visitas, dejando la casa como un cuerpo con las vísceras al aire. Lionel dormía junto a su dueña, velando a su vez el sueño del bebé que plácidamente descansaba en la cuna contigua. Pronto todos, visitantes y vecinos, se acostumbraron a él. La excentricidad, dices, es moneda común en Maracaibo. Aún brilla Lionel en tus ojos: rey de la selva, inmenso gato. Dulce fiera.

Foto: Eduardo Fuenmayor

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