Feeds:
Posts
Comments

Archive for the ‘Aventuras de Osamita’ Category

Compraría la casa en efectivo y de inmediato. No aguantaba una cachetada más, ni de sus mujeres ni de los bancos. Había que firmar ya. Tomada la decisión, casi sentía que respiraba de nuevo el aire a propietario cuando el Negro Felipe le advirtió: “Primero tienes que conseguir la cita en el Registro”. Y temiéndome lo que le esperaría a Osamita, decidí acompañarlo.

 

Sería poco más de medianoche cuando llegamos. Me costó explicarle que lo que había vivido en los bancos era nada comparado con lo que viviría al día siguiente en el Registro y que por tanto había que salir muy de madrugada para, con suerte, conseguir un número. 


Desde el taxi, observamos una larga cola de gente que llegaba casi hasta la avenida. A lo largo del recorrido veíamos carpas, sillas, cocinillas, bolsas de dormir, baños portátiles, mesas de juego, televisores, equipos de sonido y un impresionante despliegue de buhoneros. 


Osamita, incrédulo, preguntaba desde qué hora estaría la gente allí. Frente a nosotros, una muchacha muy joven amamantaba a su hijo.

 

-Piense más bien, señor –dijo la joven madre– en dónde estarán los que lleguen en una hora. Eso es lo que me consuela a mí.

 

-¿A cuánta gente atienden por día, hija? –pregunté.

 

-Nooo, señora, si ahorita no están atendiendo a nadie.

 

-¿Cómo que no? –brincó Osamita.

-Hace una semana que no se firma nada porque le cayó un virus a la única computadora del Registro y hasta el sol de hoy no la han traído.
-¿Y esta cola, entonces?

-Ah, bueno, si la cola es así con el Registro inoperativo, imagínese cómo va a ser cuando llegue la dichosa máquina. Es preferible hacer la cola desde ahora. Nosotros nos vinimos preparados, ¿verdad Goyo? Si necesita algo, pida que seguro lo tenemos.

-¿Y no se sabe cuándo traerán la bendita máquina?

-Bueno, hay rumores de que podría ser mañana mismo, pero todos los días dicen eso y aquí hay gente haciendo cola desde hace quince días. Yo les sugiero que se pongan cómodos y traten de disfrutarlo.

 

Así pasamos tres días. En la mañana del cuarto ocurrió algo que agitó a los presentes. La larga fila pareció tomar vida. 

 




-¡Volvió, volvió, volvió, volvió… volvió..! –cantaban la gente. 




Seis vehículos oficiales del Ministerio del Poder Chabacano para las Relaciones de los Interiores con la Inmundicia se estacionaron frente al Registro en un operativo tipo comando. Una fila de policías disfrazados de Robocop se abrieron camino entre la masa y crearon un pasillo por el que un gordo sudoroso  pasó corriendo con la tan esperada computadora, cual si llevara la antorcha olímpica. 


La multitud estalló en gritos y aplausos. La gente se abrazaba y bailaba al ritmo de la salsa erótica que sonaba de fondo. Era como estar en medio de una escena de West Side Story pero montada en el Teatro Chacaíto.

-Máquina equivocada –dijo el gordo sudoroso, regresándose al vehículo con la computadora–. ¡Coño, Wilme, te dije que la de aquí era la de la etiqueta de Piolín, no la del PSUV, chico! Bueno, señores, ya será para mañana. Les agradecemos tener un poquito de paciencia, ¿sí?

Osamita tiró la toalla. No tenía caso. Y aunque sabía que regresar con las manos vacías significaba que habría cachetadas para rato, estaba convencido de que aquel sufrimiento era mil veces más placentero que esta pasantía interminable por los laberintos del infierno venezolano. 


Su sueño de ser propietario se había esfumado para siempre.

 

Advertisements

Read Full Post »

Una mala experiencia la tiene cualquiera, se dijo. Así que esa semana se dedicó a evaluar otras opciones. Visitó el Banco Verde, el Banco Rojo, el Banco Gris, el Banco Naranja, el Banco Construcción y hasta el Banco Destrucción, que era el del Gobierno. Recorrió la ciudad entera, agencia por agencia, buscando el milagro de que alguien lo atendiera, pero el resultado fue siempre el mismo. Estaba abatido.

Había rebajado más de cinco kilos en la frustrada operación y nada había conseguido. “Costó menos sacar a los rusos de Afganistán”, se dijo. Entonces, en un acto desesperado, pidió consejo a El Pulgarcito.


“Turco, tú sí eres bruto”, dijo mientras se cortaba las uñas de los pies. “Este es el país de los caminos verdes. Si te vas por el medio, te aplastan o te mueres en una cola. Déjale ese asunto a papá. Yo tengo un pana que tiene una hermana que tiene un primo que su mamá es comadre de la bedel de un banco grande. Hablamos con ella, le pedimos que te cuadre una cita, pim-pum-pam, y si te dan lo tuyo, tú me das lo mío, ¿pago?”




Al día siguiente Osamita fue al banco. La cola salía de la agencia, daba la vuelta al edificio y llegaba hasta el semáforo. En la puerta, preguntó al vigilante por la señora Otilia. “Sígame”. Subieron al segundo piso, donde sólo había cubículos vacíos. Osamita tomó asiento frente a un escritorio lleno de papeles y leyó en un letrero de acrílico: “Analista de Servicios”. Una mujer rechoncha, de gruesos lentes, apareció soplándose la nariz y se sentó.

– ¿Cuál es su nombre?
-Osama Bin Laden.


- Claro. Mucho gusto: Paris Hilton. Usted viene por un crédito, ¿correcto?


- Sí…


- Bueno –la mujer tomó aire y suspiró largamente–. Esto es lo que necesita: título de propiedad de la vivienda a comprar, gravamen, solvencia de luz, solvencia de agua, reglamento del condominio, liberación de créditos anteriores, original y treinta copias del pasaporte, original y cincuenta copias de la cédula, otros documentos de identidad, lo mismo para su esposa o cualquier otro firmante.

– Yo tengo cuatro esposas…

– Escoja una y no se enrede la vida. Y no me interrumpa, que me pierdo. Continúo: constancia de trabajo, declaración jurada de que usted va a pagar y no se va a ir con la cabuya en la pata, constancia de pago de impuestos municipales, regionales, nacionales e internacionales; declaración de impuesto sobre la renta de los últimos diez años, acta de bautizo de usted y toda su familia…


- Yo soy musulmán…

– Hable con el padre Juan en la iglesia de la esquina, él se las vende y hasta se las plastifica. Y le dije que no me interrumpa, que luego tengo que empezar otra vez desde el principio. Sigo: original y veinte copias (mejor treinta) de la ficha catastral, original y diez copias del examen de sangre (perfil 20, glicemia, colesterol completo, tiroides y antígeno prostático), acta de matrimonio, acta de divorcio, licencia de conducir…

– Pero yo no tengo carro…

– Y qué quiere que haga yo, si eso es lo que pide el Gobierno. ¿Se me olvida algo? Ah, sí. Una vez que tenga todos los documentos, tiene que ir a la Misión Vivienda a registrarse y a ver qué le piden allá.


- ¿Y eso qué es?

– Bueno, eso es una tierra de ensueño en la que le prometen que en un futuro indeterminado usted podrá mudarse a su casita en una muy céntrica y nueva urbanización que están construyendo allá en El Paují, en La Gran Sabana.


- ¿Y qué hago yo con una casa por allá?

-No, señor. Si usted va con esa actitud, lo van a pasar de la lista de viviendas a la lista Tascón y ahí sí se jodió la bicicleta. Acepte mi consejo y váyase mansito. Si le ofrecen un terrenito en San Juan de las Galdonas, agarre aunque sea fallo.

– ¡Alá, bendito! ¿Algo más?


-Casi lo olvido: ¿tiene usted cuenta en este banco?


-No…

-Ah, en ese caso no podemos darle el crédito. Que tenga un muy feliz día y gracias por preferirnos como su institución financiera.

Read Full Post »

La espera

Como buen negociante, Osamita entendía que el mejor negocio era comprar a crédito, especialmente si el préstamo se hacía en una moneda tan sólida como el bolívar fuerte. Ataviado con sus mejores alpargatas, e imaginándose ya un flamante propietario, entró al Banco Azul.

A las diez de la mañana, no cabía un alma en la agencia. Las pocas sillas que había estaban ocupadas. El aire acondicionado no funcionaba. Cada cinco minutos un joven bigotón se asomaba por el mostrador y decía: “No hay línea”, pero a nadie parecía importarle. La gente seguía allí, como si lo hubieran estado desde el comienzo de los tiempos, como si jamás pensaran partir. Osamita surfeó a codazos entre el tumulto y encontró la máquina distribuidora de números. Al lado, un vigilante intentaba resolver sin éxito un crucigrama. Osamita, haciendo gala de su mejor español, pidió una cita para solicitar un crédito hipotecario. El vigilante, como si no lo hubiera oído, abrió una puerta y desapareció, la vista fija en el crucigrama. 


El menú de opciones era largo y complicado. Osamita apretó todos los botones; alguno tendría que servir. Del techo colgaba una polvorienta pantalla digital con el número G-833. Como una de su papeletas marcaba el G-835, pensó: “Esto será rápido”. No había más que hacer, así que se puso a ver la televisión. Uno tras otro, los videos mostraban rostros de hombres y mujeres de todas las edades, siempre sonrientes, que hablaban maravillas del Banco Azul, y una bellísima mujer cerraba con la frase “Trabajamos para ti”. Otro video explicaba que aquel era el banco más seguro, con más agencias, con la mejor tecnología y con más clientes en el país. Cada media hora, se repetían los videos en la misma secuencia.




Era ya mediodía y en la pantalla todavía titilaba el G-833. Hacía mucho calor, pero al cabo de un par de horas ya no se sentía la diferencia. La pantalla del televisor seguía proyectando la inconmensurable felicidad de unos clientes que vaya usted a saber a qué agencia fueron, porque esa en la que Osamita se encontraba con toda seguridad no era. 


Observó que la caja reservada para la tercera edad estaba completamente sola e intentó acercarse, pero un grupo de ancianos armados con bastones, andaderas y tanques de oxígeno le cortó el paso. “Aquí nos podrimos todos”, dijo uno. Osamita retrocedió, vencido. Tenía hambre, sed, sueño, rabia. Ya era un elemento más del decorado, como todos los demás.

“Trabajamos para ti”, dijo por enésima vez la bellísima mujer del video. 


“Ya te acostumbrarás”, dijo una voz gangosa. “Yo vengo todos los días. Soy adicto a los bancos. Le han dado sentido a mi vida. Mis hijos crecieron, se fueron del país y ya ni nietos tengo para cuidar. En casa me aburro. El pasado se me viene encima como una aplanadora, mis amigos se han muerto y los que todavía viven están peor que yo. ¿Qué me queda, entonces? El banco. El hecho de que nunca logres hacer aquello para lo que viniste te da motivos para regresar al día siguiente, y así cada mañana me levanto nuevo, motivado, sabiendo que tengo un lugar adonde ir y unos amigos que me esperan para que perdamos el tiempo juntos, como una gran familia”.

Cuando el reloj marcó las 3:30 de la tarde, las pantallas se apagaron, los mostradores se quedaron vacíos y la masa, resignada, abandonó el recinto en lenta procesión. Osamita fue el último en salir.

Read Full Post »

Mes y medio después, nada se había concretado. El bebé lloraba y lloraba. Las mujeres se turnaban para reclamar a Osamita, cachetada mediante, por cada día que pasaba sin que llegara la nueva casa. Al Negro Felipe no le duró mucho el despecho y vender o no dependía ahora de su humor. Andaba enamorado de una Lolita de dieciséis años, hija de un Coronel de la Guardia Nacional, y no tenía cabeza para otra cosa. Osamita entendió que era hora de actuar. 


Evaluó los escenarios: 1. Sapear al Negro con el Coronel. ¿Consecuencias? Adiós Negro, adiós rancho. Otro mes de cachetadas. Mujeres rumbo a Afganistán. Escenario uno: descartado. 2. Como en El Padrino, hacerle al Negro una oferta que no podrá rechazar. ¿Consecuencias? Rancho en mano y mujeres contentas. Escenario dos: aprobado. 


Aquella mañana, se levantó temprano.

Desempolvó el baúl y sacó el equipo. Sabía que su espalda no se lo perdonaría, pero prefería el dolor del lumbago al tormento de las cachetadas. Frente al espejo, pintó su cara como Rambo. El día D había llegado. Abrió la puerta principal, decidido a todo, y allí estaba el Negro Felipe presto para tocar el timbre. “Coño, Turco, no sabía que estábamos en Halloween. Hermanito, sin güevoná que eres igualito al Bin Laden ese. Tremendo disfraz, mi pana… Ve, tengo los papeles listos desde hace una semana. Yo pensé que te habías echado para atrás. Encárgate tú del resto y me avisas cuando esté todo listo para la firma. Mucha paciencia, hermanito. Aquí, para hacer cualquier diligencia no hay que ser Rambo: hay que ser el Dalai Lama”.

Read Full Post »

Un mes estuvo Osamita tirado en la cama con un lumbago crónico que no le permitía ni cargar a su bebé. Cansada de verlo así, le dije: “Arréglate, que nos vamos”, y me lo llevé al modulo de Barrio Adentro que queda junto a la parada de los mototaxis. Cuando llegamos, encontramos al Negro Felipe llorando inconsolable frente a la puerta del módulo porque el médico cubano se había fugado la noche anterior con Zenaida, la verdurera.

Era el quinto médico que desertaba ese año. Al verlo, Osamita se asustó, pero tan pronto le expliqué por qué lloraba se echó a llorar también, pidiendo repetidamente a Alá que hiciera volver a Zenaida, pues ahora que era una fugitiva del amor –últimamente estaba viendo mucho los culebrones de Leonardo Padrón–, el marido cornudo se la vendería a buen precio. 


“Esto se acabó”, decía el Negro Felipe. “Bastante me lo dijo er pai mío: ‘mijo querido, ve, esos melones tienen mucha demanda’. Me regreso a Río Caribe. Vendo el rancho, vendo el puestico en el mercado, vendo el camión. Coño, es que uno no sabe qué duele más, si los cachos o la mamadera de gallo, pero cómo duele”.


“Compro rancho ti”, dijo Osamita.

Ciertamente, el nacimiento de Osamita Junior había complicado las cosas. El cuarto en el que él y sus cuatro mujeres hacían malabarismos para acomodarse se encogió aún más y a Osamita no le quedó más remedio que dormir en una colchoneta atravesada a un costado del pasillo. No había madrugada en que algún inquilino, tambaleándose de sueño camino al baño, no pisara alguna parte de su larga humanidad. La situación se hizo, pues, intolerable, y un día las cuatro zafias se alzaron y le pusieron un ultimátum: “O nos compras una casa o nos regresamos a nuestra cuevita en Afganistán”. 


Para sorpresa de todos, el Negro Felipe aceptó la oferta, lo cual ofendió a Osamita. “¡No, no! Tú regatea mí”, reclamó. Se enfrascaron en una discusión desapasionada y sin sentido que varias veces el Negro amenazó con abandonar, pero Osamita, todo un atleta de los negocios, logró cerrar la venta por el precio que había ofertado desde un principio. Entonces bendijo al vendedor dándole tres besos alternados en sus mejillas y dio gracias a Alá. 


Osamita era ahora propietario. Al menos, eso creía.

Read Full Post »

Lo que nos pasó ayer no ocurre ni en las películas. Aquello fue un parto en todo el sentido de la palabra. Anwar, la tercera de las mujeres de Osamita, había ido apenas hace unos días a chequeo médico y el doctor le dijo que todavía le faltaba un mes para dar a luz. Y ayer, mientras cocinaba, rompió fuente. Bueno, aquel hombre pegaba brincos y se arrancaba la barba de los nervios. Como nadie tiene carro en esta casa, tuve que despertar al tu pobre primo, el Pulgarcito, que regresó del trabajo bien de madrugada, para que nos llevara en moto. Pero como nos hacía falta otro transporte, corrí a tocarle la puerta a la vecina, que de un manotazo levantó al Cara e’ Luna (lo llaman así por los cráteres que le han dejado las espinillas) para que nos hiciera la segunda. En su moto montamos a la preñada y con el Pulgarcito nos fuimos Osamita y yo.

¡Ay, Santo Cristo! Eso era curvas y más curvas, esmachetados cerro abajo. Yo, con mi casco de bicicleta sin amarrar, me concentraba en cuidar de mis rodillas, que más de una vez estuvieron a punto de quedarse en el guardafango de un carro; pero quien verdaderamente venía más agarrado que vieja en moto era Osamita, que me apretaba tan duro la barriga que pensé que las tripas me iban a salir por la boca. Además del tráfico, que ya no es ninguna novedad en esta ciudad, la operación se complicaba porque imagina lo que era maniobrar aquellas motos con una mujer preñada y dos viejos que no parábamos de rezar gritándole al Altísimo (al de él y al mío) que se apiadara de nosotros y nos concediera el milagro de llegar en una pieza.

Y en la ruta al hospital, la sorpresa mayor: el paso estaba completamente trancado debido a una gigantesca marcha organizada para celebrar el nacimiento de no sé qué morrocoya. Eso salía gente vestida de rojo hasta de debajo de las piedras. “Turco, agárrate de la brocha que el Gobierno nos acaba de quitar la escalera”, dijo Cara e’Luna, al ver que ni siquiera en moto se podía pasar. “¡Vámonos en Metro, estamos cerca”, dije, y corrimos (es un decir, porque con aquel barrigón no era posible ir muy rápido) a la estación que estaba cruzando la calle.

Como de costumbre, no funcionaban ni el aire acondicionado ni las escaleras mecánicas, así que nos tomó una eternidad bajar al andén. Ese día Osamita se ganó, además de un recrudecimiento de la úlcera que lo atormentaba desde hacía meses, un lumbago del que no se curaría jamás. En el andén esperamos quince minutos para que llegara un tren. En lo que lo escuchamos venir, tu primo me cogió fuertemente del brazo: “Maíta, persígnese tres veces y prepárese pa’ repartir coñazos: vamos a entrar”. Pero Anwar se tiró en ese momento al piso y comenzó a pujar. “¡Un médico, un médico!”, grité.

De entre la masa que salió como escupida del vagón frente a nosotros apareció un grupo de mujeres bomberas, que inmediatamente se ocuparon de asistir a la parturienta. Osamita estaba ido. Cerraba los ojos y se abofeteaba para ver si despertaba de una vez, pero al abrirlos se volvía a encontrar con la apocalíptica imagen del Cara e’ Luna haciéndole muecas para animarlo, lo que elevaba aquella experiencia a un nivel todavía más surreal.

El personal del Metro improvisó una especie de carpa para preservar la intimidad de Anwar, y el Pulgarcito, Cara e’ Luna, Osamita y yo nos quedamos afuera, esperando. Con el llanto del recién nacido estalló la alegría. Una mujer se acercó con el bebé en brazos. “Si vuela, es murciélago”, dijo, amagando con lanzarlo al aire. “Es broma, chico. Es un varón y está enterito”. Osamita lo cargó dando repetidamente gracias a Alá. “No joda, ¡ese carajito es magallanero!”, dijo Cara e’Luna, llorando de emoción. Un trío de músicos que formaban parte de los curiosos agolpados a nuestro alrededor rompieron a cantar el Alma llanera, que el público coreó mientras palmeaban la espalda de Osamita y le tiraban de la barba para felicitarlo. También montaron su show unos malabaristas, un mimo y un borracho, que vomitó en la escalera. Unos metros más allá alguien gritó que lo estaban asaltando, pero como eso no tenía nada de extraordinario la gente siguió celebrando. El país era una fiesta.

“Es el tercero que nace este año en este mismo andén”, dijo, orgulloso, el gerente de la estación. “¿Cómo se va a llamar?” Osamita puso cara de que lo habían sorprendido in fraganti. Dirigió la mirada hacia arriba en busca de una señal y allí, en el techo, la encontró: Propatria Mohammed Bin Laden,. Para los íntimos, Osamita Junior.

Read Full Post »

Esta semana llamé a la tía Gloria para saludarla. Le pregunté por su nuevo inquilino y esto fue lo que me contó:

“Osamita está obsesionado. Desde que tuvo que recorrer ciudad y media para conseguir un paquete de modes para sus cuatro mujeres, no para de comprar y comprar vainas. Me tiene la casa llena de peroles. Él dice que son bombas, y entonces son que si bombas por aquí y bombas por allá, pero cada vez que voy a pasar coleto tengo que moverlo todo; me tiene la espalda hecha polvo. No sé de dónde sacará él esas bombonas de gas tan fashion, pero las compra para nada porque ni siquiera me deja usarlas. ¡Y con las colas que tengo que calarme yo para que me den una bombonita! No lo hace por mala gente, sino que es una de esas almas que se apegan mucho a sus cosas, lo que en la televisión a veces el Presidente llama un materialista, pues. Yo lo entiendo; a mí no me gusta que me toquen mi santicos, por ejemplo. ¿Pero cómo hago? Lo que pasa es que cuando le toco sus vainas se pone intenso: que en este país nadie lo respeta, que si yo no sé que él es el terrorista más buscado del mundo, que si patatín y patatán. Yo le digo que por qué mejor no se deja de inventos y se pone a trabajar; que aprenda del Pulgarcito, un exitoso ‘autoempresario’ y ‘gerente del ocio y el entretenimiento’, como él se hace llamar, pero nunca logro que se sienten a hablar porque de día tu primo está durmiendo, y de noche, ya no está en la casa. Yo antes no entendía por qué ese hijo mío se la pasaba todo el día sin hacer nada, pero él me explicó que el ‘horario flexible’ es parte de los privilegios de su ‘investidura’. Ay, cuando habla así tan bonito se me hincha el corazón de puro orgullo… Pero los hombres, mijo, son unos exagerados, no hay que hacerles mucho caso. Osamita me cae a labia todo el día, todo el santo día, pero yo no le paro. ¿Entonces sabes lo que hace? Monta un show comiquísimo de que se va a matar, se enrolla unos paquetes de jabón azul en la cintura y empieza a gritar que nos vamos a ir todos al cielo… Bueno, te creo, le digo, y le sirvo un tilito caliente para que se calme. Le explico que eso de ser terrorista está muy bien, pero que yo lo único que pido es que no me deje tanta bomba regada por la casa porque ya estoy vieja y no puedo estar moviendo todo cada vez que voy a coletear. Entonces, resignado, se va al cuarto arrastrando las cholas y se encierra a hacer ve tú a saber qué. Definitivamente: cada loco con su tema”.

 

Read Full Post »

Older Posts »

%d bloggers like this: