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Archive for the ‘Poesía’ Category

 

A Rada

 

Mi único imperio es el aire, que más que para vivir me hace falta para inspirar. Porque entre orilla y orilla el mar es solo uno, cierto que infestado de corrientes libertarias y tormentas colonizadoras, pero uno al fin. En el medio, frágil pero decidido, flota este volantín insular que los vientos del norte arrastran con fuerza y contra la voluntad de los pies mulatos que desde joven he anclado, con más entusiasmo que éxito, a este jardín de cuatro pisos. Primero fue la diáspora de colores, que al emigrar dejaron sobre Puerto Rico su mala sombra de exilio y transtierro; luego, la trasmutación del lamento borincano en nostalgia neoyorquina, en la que recuerdos del viejo San Juan y las fiestas en Santurce se confunden entre rascacielos de grises promesas al ritmo de hip hop. Me quedan, nos quedan, el cordón terco del vientre y la historia, el ardor en el pecho, el resquicio de una posibilidad minúscula; pero también, las heridas abiertas y las voces inflamadas. Por eso, al caer la tarde, cierro los ojos y viajo hasta el quinto piso, un país donde las almas se reúnen para olvidar y empezar de nuevo, un país donde los días palpitan libremente y para todos y cuya única bandera es un corazón generoso.

 

Texto inspirado en la lectura de El país de los cuatro pisos y otros ensayos, de José Luis González.

Foto: Eduardo Fuenmayor

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La danza de Foucault

La danza siguió su ritmo
y aquellos pasos abatidos por la inercia
agrietaron la burbuja
del tiempo

Seduce Foucault
a un ejército de luciérnagas rebeldes que
por una vez descubrirán las sombras

Se ofusca
por los demasiados cuerpos
dormidos
impávidos
que secretamente hierven por dioses perdidos
en pergaminos venenosos

¡Oh, infausta bohemia de este andar sin gracia
que nos ahoga en himnos solemnes
de gloria y saber!

¡Oh, miserable irrealidad del instante,
nimia eternidad!

Tropieza Foucault,
empujado por el enigma
de un compás alegre

No es hora todavía
Primero, el placer:
verlo asediado por un enjambre
de insectos adictos a los jugos
de su carne luminosa

Al fin reposa Foucault
sorprendido por el mazo de su propia voz,
diligentemente embalsamada por un coro
de antorchas que cada noche esparcen la chispa
amarga de la duda
su duda

tan injustamente nuestra

Febrero 2012

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Los platos sucios

En el vértigo del encuentro nos perdemos

Rompemos los velos solitarios de nuestras ruinas
para cansarnos juntos, tal vez
amarnos

Los días rocían el alma de ironía
y repetimos para ignorar
riendo

La verdad es lo que callas
Nos aterra la impiedad del verbo
el hecho

Abro los ojos y advierto
oh Dios
los platos sucios son
el futuro prometido

En la cama celebraremos
durmiendo

Eduardo Fuenmayor 17/12/2004

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Impredictibilidad de las estrellas

Cavaste el barro en mis ojos,
sorgo encendido de la noche, y te marchaste
soplando ausencias.

Descubriste mis huesos,
mi cadáver solitario entre ánimas hirvientes.
Y lo enfermaste de futuro
y esperanza.

Olvidé latir,
dices.
Olvidé
gritar mi sangre en los tímpanos del mundo.

Es que me sequé de tanto lloverle a las estrellas
con su luz, que todo aclara
y confunde.

La certeza germinó desvelos,
impredecibles horas.

Y enterraste en mis ojos los caminos
del relámpago,

tu música de mar hambriento,
la nube pasajera
de tu risa.

Eduardo Fuenmayor 15/12/04

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