Venezuela se desayunó con los cobardes asesinatos de la actriz Mónica Spear y su esposo Thomas Henry Berry. Su hija, según reportes de prensa, quedó herida de una pierna pero a salvo. Winston Vallenilla, el payaso botado del Kino y Venevisión, manda un Tweet pidiendo no politizar el problema de la violencia. El gobierno monta a su vez un circo en el palacio de Miraflores con artistas que derrochan un talento infinito para jalar bolas. Hoy, mañana, pasado, desplegarán su batallón comunicacional para desviar la atención a otros temas, y el país caerá, una vez más, en la trampa. Así llevamos 15 años y más de 150 mil víctimas. ¿Y cómo responde Maduro? Léalo usted mismo.
La indolencia que hemos mostrado los venezolanos frente a la inseguridad y el dolor ajeno son de un nivel patológico, casi diría cómplice. Las estadísticas no hacen sino oscurecer un debate que debería centrarse fundamentalmente en el derecho a la vida y en una acción contundente, coordinada y sostenida frente a la violencia que el chavismo ha propulsado tan fútilmente. Sí: la inseguridad es un problema profundamente político; siempre lo fue y siempre lo será.
Por eso reclamo también a los líderes de la Mesa de la Unidad Democrática, con contadas excepciones, su mutismo e inanición frente a este problema (lo mismo que con el de la corrupción, por cierto). ¿Pero por qué tienen unos políticos que llamarnos a indignarnos? ¿Qué pasó con aquella consternación, rabia, indignación que el país manifestó con el atroz asesinato de los hermanos Faddoul y su chofer en 2006? ¿Por qué solo nos indignamos cuando muere gente famosa, como si el resto de las víctimas no mereciera el mismo trato? La única cola que deberíamos hacer con gusto es la que nos lleva al lugar de esa protesta que todavía espera por nosotros. La protesta que nos hemos negado a hacer por pura abulia. Pobre país sin dolientes.
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